En el principio había un Bajo. Era un Fender, probablemente un Precision, pero podía haber sido un Jazz Bass, nadie lo sabe. En cualquier caso era muy viejo, y con un sonido gordo.
Y Dios miró hacia abajo y vio que era bueno. Vio que de hecho era muy bueno y que no podía ser mejorado (hombres ignorantes lo intentarían más tarde). Así que lo dejó asi y entonces Él creó un hombre para que tocara el Bajo.
Y el hombre vio el Bajo, que era de un precioso sunburst, y se enamoró de él. Tocó la cuerda E al aire y la nota resonó por toda la Tierra estremeciendo las placas tectonicas (entonces nació la reverberación). Y aquello era bueno. Y Dios oyó que aquello estaba bien y sonrió a su obra de artesanía.
Entonces, en el transcurso del tiempo, el hombre empezó a hacer slap sobre el Bajo. Y aquello era funky. Y Dios oyó ese riff funky y dijo "Cum on man!". Y vio que en la diversidad estaba la belleza.
Y el tiempo pasó y teniendo poco más que hacer, el hombre empezó a practicar con el Bajo. Y empezó a poseer un montón de trucos. Y empezó a tocar más y más rápido hasta que las notas se deslizaban como la brisa en los cielos.
Y Dios oyó lo que el hombre tocaba, que sonaba como un traslado de muebles, que Él no había creado todavía, y recordó el sonido robusto del bajo que Él había creado. Él no estaba muy complacido.
Él habló al hombre, y le dijo "¡No hagas eso!". Entonces el hombre oyó la voz de Dios, pero estaba tan excitado con su nueva habilidad que se puso a hacer slap sobre el Bajo, en una ventisca de notas metal-funky. Y los cielos se estremecieron con el sonido, y los ángeles gritaron en medio de la confusión. (Algunos ángeles empezaron a bailar, pero esa es otra historia, la de Satán).
Y Dios oyó esto - cómo podría no haberlo oído - y se quedó dolido. Entonces Él habló al hombre y le dijo "Escucha tío, si hubiera querido a Jimmy Hendrix hubiese creado la guitarra. Cíñete a las partes de bajo."
Y el hombre oyó la voz de Dios y supo que no tenía que divertirse con eso. Pero ahora tenía encima una pasión por tocar rápido y agudo. El hombre le quitó los trastes al Bajo que Dios había creado y empezó a deslizar sus dedos sobre el diapasón sin trastes y a tocar melodías agudas muy arriba en el mástil. Y, en su excitación, el hombre olvidó la orden del Señor, y tocó un frenesí de riffs metal con el brillo a tope. Y los cielos temblaron con el ataque y la Tierra se estremeció, vibró y resquebrajó.
Esta vez la cólera de Dios fue inmensa. Y Su voz se volvió trueno mientras hablaba con el hombre.
Y Él dijo, "O.K. cretino. No has querido escuchar Mi palabra. Crearé guitarras Jackson de 27 trastes que sonaran más agudo de lo que jamás puedas imaginar".
..."Y desde las vísceras de la tierra traeré los tambores de la batería. Y le meteran tan fuerte que te taladraran la cabeza, y te haré estar siempre junto al batería".
" Ha ha haaa ¿Y tu te creías ruidoso? Crearé un montón de amplificadores de guitarra Marshall para hacer sangrar tus orejas. Y enviaré a la Tierra miles de instrumentos, y todos serán capaces de tocar más agudo y más rápido que el Bajo".
"Y para todos los días del hombre, tu maldición será esta: que todos los otros músicos te buscarán a ti, al bajista, para las notas graves. Y si tocas demasiado agudo o deprisa, todos los demás músicos dirán "¡Que bueno es ese tio", pero realmente lo odiarán. Y te dirán que ya estás listo para hacer carrera en solitario y no te querrán para sus bandas. Y por el resto de tus días, si quieres tocar tus caprichosos riffs tendrás que hacerlo a hurtadillas, como un ladrón en la noche."
"Y si finalmente te pones a tocar un solo, todos diran "que bueno" pero aprovecharan el momento para ir a por sus cervezas...".
AMEN
lunes, 9 de julio de 2007
lunes, 18 de junio de 2007
Merece esto un título?
Bueno, esto es simplemente para comenzar. Espero que por lo menos estos escritos no caigan por las rendijas de un desagüe. De momento pondré un cuentito que escribí hace un tiempo. Si las cosas van bien, seguiré poniendo las continuaciones, ya que será un poco largo
Hope you like it!
El Niño que Flotó
By Xam
Era demasiado joven en ese entonces para comprender la verdad. Habías pasado hace ya varios miles de años, pero la historia nunca pudo olvidarse. Cuando nací, mis padres me criaron quejándose del niño que había flotado, de que de él era la culpa de que no hubiera más petróleo, automóviles y fábricas, y de que todo el sistema económico hubiera desaparecido. Ya no había más dinero. El día en el que el niño flotó, todas las cosas buenas de nuestro mundo desaparecieron. Las fuerzas armadas de todos los países desaparecieron. Los países se culparon unos a otros, pero ya no tenían soldados que pelearan por ellos. También sus armas habían desaparecido. Hasta la más mínima pistola desapareció de la nada. Desapareció más de los dos tercios de la humanidad. Jamás se halló rastro de los miles de millones de cosas y personas que desaparecieron.
Gracias a todas estas razones que mis padres metieron en mi cabeza, siempre odié al Niño que Flotó. Terminé la escuela, la universidad (las carreras relacionadas a medios de transporte habían desaparecido, junto con profesores, alumnos y libros). La periferia de muchas ciudades quedó abandonada, cuando la gente comenzó a abandonar sus casas para ir al centro de aquellas. Moverse de un lado para otro sin automóviles era un gran problema.
Una noche, para reflexionar un poco, salí de mi pensión y me interné en las profundidades de la ciudad muerta. Toda la electricidad estaba cortada en ese sector, pero el resplandor de la luna iluminaba lo suficiente. Sólo podía oírse el viento pasando a través de las calles, arrastrando papeles que nadie quería leer. De pronto vi una luz lejana. Fui hacia allá. A medida que me acercaba, escuchaba un sonido suave y hermoso que jamás había escuchado. Era un parque abandonado, donde había árboles milenarios, que habían crecido altos y fuertes. Desde que el niño flotó, los árboles tenían varios cientos de metros de altura, pero nunca formaban selvas. En mitad del parque, había un pequeño sector con baldosas, con cuatro enormes troncos en las puntas. En medio del piso, un farol brillaba, y bajo él, había un muchacho. La música venía de él. Me acerqué más para verlo de cerca. Tenía en sus manos un violín. Jamás creí que llegaría a ver uno, ni menos oírlo mientras lo tocaba un experto, pues la melodía me inundaba el corazón y me daba algo de felicidad. Desde que el niño había flotado, la gente ya no quiso más música, siendo que esta no había desaparecido.
El niño terminó la canción, y se volteó. Tenía la nariz alargada, el pelo negro azabache que brillaba a la luz del farol. Tenía unos ojos de un color azul muy profundo, como para ahogarse en ellos. Me sonrió.
- ¿Qué haces aquí? –le pregunté, inquisitivo.
- Tocar música –me respondió con una sonrisa.
Todo esto era algo nuevo para mí, por lo que me quedé en silencio. La música resonaba aún en mis oídos, por lo que no dije nada. El niño bajó el violín y comenzó a caminar hacia un banquillo. Tenía un estuche para su violín, donde comenzó a guardarlo.
- ¿Te gustó esa canción? –me preguntó con voz calmada.
- Fue muy agradable –le respondí.
- Antes de que el niño flotara, nadie la conocía. Ahora la he estado repartiendo por el mundo.
- ¿Quién eres? –le pregunté.
- Un niño. Un humano. No tengo nombre –respondió con un poco de tristeza. Sacó muchos papeles que tenía en el estuche de su violín y procedió a guardarlo con sumo cuidado. Miré los papeles. Estaban escritos en un extraño idioma.
- Son partituras –me dijo riendo ante mi incredulidad. Pude haberme sentido ofendido, pero no pude.
El niño se sentó y me miró seriamente.
- Lo odias, ¿verdad?
- Al Niño que Flotó… -dije sin querer, y me di cuenta de que lo odiaba mucho – Sí, lo odio.
- No tienes por qué –me dijo el muchacho.
- ¡Claro que sí! ¡Por su culpa yo…!
Me miró fijamente, y no pude encontrar ninguna razón especial de por qué lo odiaba.
- No sabes por qué lo odias, pero lo odias. Quizás odias lo que hizo, pero no a él.
Tenía razón.
- Pero yo no lo odio. No puedo odiarlo. Me es imposible hacerlo. Tú tampoco deberías. Después de todo, le debes todo a él.
Quería replicar, pero no encontré ninguna buena razón.
- Es triste la humanidad. Se odian unos a otros por cosas que no valen la pena. Antes de que el niño flotara, todo era muy triste. A los humanos nos resultaba imposible comprendernos unos a otros, a pesar de que lo intentábamos con mucho esfuerzo. Casi nadie lo sabe, pero el día en que el niño flotó, una importante barrera en los corazones humanos desapareció. La barrera que nos impedía unirnos espiritualmente, que nos hacía odiarnos unos a otros. Es por eso que este mundo es un paraíso. Yazgo en el silencio para oír la música de los árboles, que me cuentan sus historias; de la luna, que me cuenta sus penas; de las estrellas, que me cantan sus alegrías. En este momento, la luna me muestra su sangre. Oigo desde el océano los cuernos que entonan melodías de memoria.
Miró hacia arriba. También lo hice, y note que en la luna había una delgada línea roja.
- El día en que el niño flotó, la luna sangró y las estrellas bailaron. La humanidad vio a la Vida a la cara y le negó el rostro.
Me quedé callado. Era algo demasiado único como para interrumpirlo.
- Dios apareció ante nuestros ojos. Vimos su rostro, pero lo contemplamos con horror. Pero a pesar de eso, nos sonrió. Los bosques que se extienden por el mundo celebran aquel día. Las criaturas de este mundo pudieron sentirlo. Oyeron la voz de Dios y aceptaron su mensaje, pero la humanidad oyó blasfemias. El mar es más azul. El cielo es más celeste. El sol es más magnánimo. El aire es más suave y fragante. El agua es más transparente. Los árboles son más verdes. Las mujeres son más hermosas. Todo en este mundo mejoró indudablemente, pero ustedes no supieron sentirlo. Pensaron tanto en lo que habían perdido que se olvidaron por completo de lo que habían ganado.
El niño cerró los ojos. Por primera vez noté una débil fragancia en el viento. Supe en ese momento que ese no era un niño cualquiera.
- ¿Puedes contarme lo que pasó el día que el niño flotó? –le pregunté.
Me miró.
- ¿Puedes oír sin decir nada? –me preguntó.
Asentí lentamente.
Cerró los ojos. Me tomó de la mano y echamos a correr por los callejones oscuros. De pronto el Sol salió, y comenzó a aparecer gente en la ciudad. Era mucha gente, como jamás había visto. Seguíamos corriendo, y de pronto, el niño que me tomaba la mano desapareció. Vi un resplandor en el cielo. Mucha gente lo miraba. Una persona se elevaba en el cielo, y de pronto, unas líneas anaranjadas emergieron de su cuerpo, formando alas parecidas a las de un insecto.
- ¡Es el demonio! –exclamó alguien.
Tuve miedo. Hubo un silencio, en que las alas de la persona se expandieron más y más, hasta que ya sus límites se perdían en el azul cielo y el horizonte. Se extendían por sobre el mar como una aurora boreal. Pasaron muchas horas, sin que pudiera quitarle los ojos a lo que estaba ocurriendo. De pronto todo brilló. Vi a mucha gente a mi alrededor que se desvaneció en un polvo plateado y luego tomó la forma de una cruz que apuntaba al cielo. Luego otra. Luego los automóviles. Era una aterradora lluvia de estrellas y un conjunto de cruces que se extendían por toda la ciudad. Por un televisor vi la misma escena que se estaba repitiendo en todo el mundo. El extraño resplandor anaranjado y luego la gente comenzaba a desaparecer. De pronto me vi sólo. No había nadie, ni nada que indicara vida. Sentí que moriría, y comencé a gritarle al causante de esto. El niño que estaba flotando sobre el cielo con unas alas ciclópeas extendidas por todo el mundo. De pronto desperté, jadeando, transpirando.
- ¿Fue horrible? –me preguntó.
- Lo peor… que pude haber experimentado. Era el fin del mundo.
El niño se rió. No podía creer que se riera de algo como eso.
- No era el fin… Era el comienzo del paraíso.
El niño me tomó la cabeza, y sentí que me desvanecía…
Me sentí tan etéreo e insignificante como el aire. La vista se nubló. No vi nunca a nadie, pero sabía que había alguien junto a mí.
- ¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? –pregunté.
- En tu mundo. Este no es el mismo mundo que comparten todos los humanos. Es tu paraíso propio –me respondió la voz de una mujer.
- ¿Me morí?
- No… estás más vivo que nunca… que cualquier otro ser viviente… que cualquier humano… sólo debes hacer lo que debes hacer.
- ¿Hacer qué?
Otra voz habló. Más grave que la anterior.
- El hombre lástima a otros y a sí mismo. Se les ha brindado la salvación miles de veces, pero nunca la han escuchado con el corazón abierto. Es hora… de que todo vuelva a como era al principio.
- Cuando todos eran uno –dijo la mujer -. Este es el mundo en el que sabes que no hay pecado, que no hay maldad.
- Pero no quiero este mundo.
- Si no lo quieres, si deseas que haya barreras entre las personas, volverá a ser un mundo triste. Serás lastimado una y otra vez. No sólo tú. La tierra volverá a vivir, pero comenzará a marchitarse con el invierno, una y otra vez. Tú puedes hacer… que no haya invierno.
Todo se tornó azul. Se vio en el mar, mirando la superficie mecerse con el viento.
- Pero el mundo que me estás pidiendo… un mundo puro, en el que nadie es nada y todo a la vez… suena muy bien… pero aún así… un mundo en el que nadie existe… es como si jamás hubiera existido. Un vaho en la ventisca. La nada… eso es muy triste.
- ¿Está bien si los demás se hieren entre sí?
- No se trata de mí… aunque viva en constante sufrimiento, aunque las personas se caigan mil veces, pueden levantarse mil una. Siempre tendrás oportunidades.
- ¿Es lo que has decidido? Sacrificarte aún sabiendo que la gente puede caer otra vez en el mismo error.
- No me importa… Mi alma está llena de esperanza… El mar aún se mueve, el viento aún sopla… nunca es tarde para volver a nacer…
- Mientras sientas que tu corazón sufre, nunca te rindas –me dijo el hombre.
- Todos tienen una segunda oportunidad –me dijo la mujer.
- ¿Quiénes son ustedes?
- Somos tu esperanza… de que la gente logre comprenderse una a otra algún día… la utopía.
- El amor, siempre habrá una esperanza para continuar, por pesado que sea el camino.
- No… pero es sólo lo que estoy imaginando, sólo un sueño… no es una realidad… nunca nada será así, en cualquier momento puedo despertar, y todo se habrá acabado. Frío otra vez.
- Eso no es verdad. Tú eres materia, algo real en un espacio real. Lo que sueñas o imaginas… lo que crees que es lo mejor, o lo que sabes que es mejor… son proyecciones en tu interior, ondas eléctricas en movimiento… es algo real.
- Pero ahora tienes la oportunidad única, de hacer que tu realidad sea la realidad de los demás, lo que tú quieras.
- Tú ahora puedes ser Dios…
Cerré los ojos.
- Sé lo que tengo que hacer.
El niño se elevó aún más en el espacio exterior. Sus alas se desvanecieron. Su cabello creció hasta hacerse tan grande que cubría la mitad del mundo.
“Hermanos míos… este era vuestro fin, pero ahora será vuestro comienzo”
Las cruces de luz se formaron en todo el planeta. Se elevaron en el cielo. El niño extendió sus brazos al infinito.
“La oscuridad es luz ahora… el miedo es esperanza… el odio es amor… esto es para ustedes”
El polvo plateado rodeó el planeta. Comenzó a juntarse y luego se reunió todo en los brazos del niño.
“El camino al infinito está cerca. Regresen a su génesis, portadores de destrucción”
La gloria de la expiación inundaba mis venas. De pronto mi cuello se partió, impulsando mi sangre lejos en el espacio. Comencé a contraerme. Dolía como nunca. Mi cuerpo empezó a desvanecerse, empequeñecerse. Cuando llegué a un punto inaguantable de dolor, abrí mis ojos.
- Esto lo hice por ustedes, mis hermanos. Por favor, no me odien.
Miré hacia el sol, y me vi a mi mismo antes de desaparecer en mi propio vacío.
Oscuridad. Desperté espantado, aterrorizado, sobre la banca de madera, bajo el pequeño faro rodeado de luciérnagas. Miré hacia el cielo. Los árboles me dejaban ver la luna manchada de rojo. Instintivamente me tomé el cuello.
- Creo que lo entendiste –me dijo el niño. Me puse rápidamente de pie.
- Cuenta lo que viste a los demás. Yo iré a otra parte a regalar el recuerdo a otras personas del mundo. Así mi memoria no será un fantasma, como yo.
El niño extendió sus manos al cielo. Las alas anaranjadas aparecieron. Una vez más, lo vi brillar en la oscuridad. Sonreía. Sus ojos eran el cielo y su largo cabello era el abrigo del mundo. Era el guardián de la Tierra. Una onda de choque se extendió por todo el mundo, destruyendo personas impuras o cualquier tipo de objeto dañino para el mundo. La misma onda que antes me había aterrorizado pasó sobre y a través de mí. Pero esta vez sentí un calor especial. El niño me miró con ojos bondadosos. Habló sin abrir la boca. El viento fue su voz.
“Aunque la humanidad nunca acepte o comprenda el verdadero significado del sacrificio, estoy dispuesto a seguir purificando el mundo, así tenga que hacerlo durante toda la eternidad. Pero no se preocupen. Estaré siempre cuidando de ustedes. Yo estaré en vuestros corazones mientras deseen vivir. Si tienes las ganas de vivir, cualquier lugar podrá ser el paraíso”
Una lanza roja, gigantesca, de un kilómetro de largo, apareció en su mano. Voló hacia el infinito. Lo pude ver de pie sobre la luna, mirándonos, cuidándonos.
“Mientras me veas aquí nunca tengas miedo. Cuenta este hermoso cuento a tus hijos, nietos y bisnietos. Volveré algún día, para que ellos me conozcan. Para que sepan quién soy realmente. No soy un destructor. Yo soy vuestro amigo, vuestro ángel guardián. Yo soy el Niño que Flotó”
Hope you like it!
El Niño que Flotó
By Xam
Era demasiado joven en ese entonces para comprender la verdad. Habías pasado hace ya varios miles de años, pero la historia nunca pudo olvidarse. Cuando nací, mis padres me criaron quejándose del niño que había flotado, de que de él era la culpa de que no hubiera más petróleo, automóviles y fábricas, y de que todo el sistema económico hubiera desaparecido. Ya no había más dinero. El día en el que el niño flotó, todas las cosas buenas de nuestro mundo desaparecieron. Las fuerzas armadas de todos los países desaparecieron. Los países se culparon unos a otros, pero ya no tenían soldados que pelearan por ellos. También sus armas habían desaparecido. Hasta la más mínima pistola desapareció de la nada. Desapareció más de los dos tercios de la humanidad. Jamás se halló rastro de los miles de millones de cosas y personas que desaparecieron.
Gracias a todas estas razones que mis padres metieron en mi cabeza, siempre odié al Niño que Flotó. Terminé la escuela, la universidad (las carreras relacionadas a medios de transporte habían desaparecido, junto con profesores, alumnos y libros). La periferia de muchas ciudades quedó abandonada, cuando la gente comenzó a abandonar sus casas para ir al centro de aquellas. Moverse de un lado para otro sin automóviles era un gran problema.
Una noche, para reflexionar un poco, salí de mi pensión y me interné en las profundidades de la ciudad muerta. Toda la electricidad estaba cortada en ese sector, pero el resplandor de la luna iluminaba lo suficiente. Sólo podía oírse el viento pasando a través de las calles, arrastrando papeles que nadie quería leer. De pronto vi una luz lejana. Fui hacia allá. A medida que me acercaba, escuchaba un sonido suave y hermoso que jamás había escuchado. Era un parque abandonado, donde había árboles milenarios, que habían crecido altos y fuertes. Desde que el niño flotó, los árboles tenían varios cientos de metros de altura, pero nunca formaban selvas. En mitad del parque, había un pequeño sector con baldosas, con cuatro enormes troncos en las puntas. En medio del piso, un farol brillaba, y bajo él, había un muchacho. La música venía de él. Me acerqué más para verlo de cerca. Tenía en sus manos un violín. Jamás creí que llegaría a ver uno, ni menos oírlo mientras lo tocaba un experto, pues la melodía me inundaba el corazón y me daba algo de felicidad. Desde que el niño había flotado, la gente ya no quiso más música, siendo que esta no había desaparecido.
El niño terminó la canción, y se volteó. Tenía la nariz alargada, el pelo negro azabache que brillaba a la luz del farol. Tenía unos ojos de un color azul muy profundo, como para ahogarse en ellos. Me sonrió.
- ¿Qué haces aquí? –le pregunté, inquisitivo.
- Tocar música –me respondió con una sonrisa.
Todo esto era algo nuevo para mí, por lo que me quedé en silencio. La música resonaba aún en mis oídos, por lo que no dije nada. El niño bajó el violín y comenzó a caminar hacia un banquillo. Tenía un estuche para su violín, donde comenzó a guardarlo.
- ¿Te gustó esa canción? –me preguntó con voz calmada.
- Fue muy agradable –le respondí.
- Antes de que el niño flotara, nadie la conocía. Ahora la he estado repartiendo por el mundo.
- ¿Quién eres? –le pregunté.
- Un niño. Un humano. No tengo nombre –respondió con un poco de tristeza. Sacó muchos papeles que tenía en el estuche de su violín y procedió a guardarlo con sumo cuidado. Miré los papeles. Estaban escritos en un extraño idioma.
- Son partituras –me dijo riendo ante mi incredulidad. Pude haberme sentido ofendido, pero no pude.
El niño se sentó y me miró seriamente.
- Lo odias, ¿verdad?
- Al Niño que Flotó… -dije sin querer, y me di cuenta de que lo odiaba mucho – Sí, lo odio.
- No tienes por qué –me dijo el muchacho.
- ¡Claro que sí! ¡Por su culpa yo…!
Me miró fijamente, y no pude encontrar ninguna razón especial de por qué lo odiaba.
- No sabes por qué lo odias, pero lo odias. Quizás odias lo que hizo, pero no a él.
Tenía razón.
- Pero yo no lo odio. No puedo odiarlo. Me es imposible hacerlo. Tú tampoco deberías. Después de todo, le debes todo a él.
Quería replicar, pero no encontré ninguna buena razón.
- Es triste la humanidad. Se odian unos a otros por cosas que no valen la pena. Antes de que el niño flotara, todo era muy triste. A los humanos nos resultaba imposible comprendernos unos a otros, a pesar de que lo intentábamos con mucho esfuerzo. Casi nadie lo sabe, pero el día en que el niño flotó, una importante barrera en los corazones humanos desapareció. La barrera que nos impedía unirnos espiritualmente, que nos hacía odiarnos unos a otros. Es por eso que este mundo es un paraíso. Yazgo en el silencio para oír la música de los árboles, que me cuentan sus historias; de la luna, que me cuenta sus penas; de las estrellas, que me cantan sus alegrías. En este momento, la luna me muestra su sangre. Oigo desde el océano los cuernos que entonan melodías de memoria.
Miró hacia arriba. También lo hice, y note que en la luna había una delgada línea roja.
- El día en que el niño flotó, la luna sangró y las estrellas bailaron. La humanidad vio a la Vida a la cara y le negó el rostro.
Me quedé callado. Era algo demasiado único como para interrumpirlo.
- Dios apareció ante nuestros ojos. Vimos su rostro, pero lo contemplamos con horror. Pero a pesar de eso, nos sonrió. Los bosques que se extienden por el mundo celebran aquel día. Las criaturas de este mundo pudieron sentirlo. Oyeron la voz de Dios y aceptaron su mensaje, pero la humanidad oyó blasfemias. El mar es más azul. El cielo es más celeste. El sol es más magnánimo. El aire es más suave y fragante. El agua es más transparente. Los árboles son más verdes. Las mujeres son más hermosas. Todo en este mundo mejoró indudablemente, pero ustedes no supieron sentirlo. Pensaron tanto en lo que habían perdido que se olvidaron por completo de lo que habían ganado.
El niño cerró los ojos. Por primera vez noté una débil fragancia en el viento. Supe en ese momento que ese no era un niño cualquiera.
- ¿Puedes contarme lo que pasó el día que el niño flotó? –le pregunté.
Me miró.
- ¿Puedes oír sin decir nada? –me preguntó.
Asentí lentamente.
Cerró los ojos. Me tomó de la mano y echamos a correr por los callejones oscuros. De pronto el Sol salió, y comenzó a aparecer gente en la ciudad. Era mucha gente, como jamás había visto. Seguíamos corriendo, y de pronto, el niño que me tomaba la mano desapareció. Vi un resplandor en el cielo. Mucha gente lo miraba. Una persona se elevaba en el cielo, y de pronto, unas líneas anaranjadas emergieron de su cuerpo, formando alas parecidas a las de un insecto.
- ¡Es el demonio! –exclamó alguien.
Tuve miedo. Hubo un silencio, en que las alas de la persona se expandieron más y más, hasta que ya sus límites se perdían en el azul cielo y el horizonte. Se extendían por sobre el mar como una aurora boreal. Pasaron muchas horas, sin que pudiera quitarle los ojos a lo que estaba ocurriendo. De pronto todo brilló. Vi a mucha gente a mi alrededor que se desvaneció en un polvo plateado y luego tomó la forma de una cruz que apuntaba al cielo. Luego otra. Luego los automóviles. Era una aterradora lluvia de estrellas y un conjunto de cruces que se extendían por toda la ciudad. Por un televisor vi la misma escena que se estaba repitiendo en todo el mundo. El extraño resplandor anaranjado y luego la gente comenzaba a desaparecer. De pronto me vi sólo. No había nadie, ni nada que indicara vida. Sentí que moriría, y comencé a gritarle al causante de esto. El niño que estaba flotando sobre el cielo con unas alas ciclópeas extendidas por todo el mundo. De pronto desperté, jadeando, transpirando.
- ¿Fue horrible? –me preguntó.
- Lo peor… que pude haber experimentado. Era el fin del mundo.
El niño se rió. No podía creer que se riera de algo como eso.
- No era el fin… Era el comienzo del paraíso.
El niño me tomó la cabeza, y sentí que me desvanecía…
Me sentí tan etéreo e insignificante como el aire. La vista se nubló. No vi nunca a nadie, pero sabía que había alguien junto a mí.
- ¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? –pregunté.
- En tu mundo. Este no es el mismo mundo que comparten todos los humanos. Es tu paraíso propio –me respondió la voz de una mujer.
- ¿Me morí?
- No… estás más vivo que nunca… que cualquier otro ser viviente… que cualquier humano… sólo debes hacer lo que debes hacer.
- ¿Hacer qué?
Otra voz habló. Más grave que la anterior.
- El hombre lástima a otros y a sí mismo. Se les ha brindado la salvación miles de veces, pero nunca la han escuchado con el corazón abierto. Es hora… de que todo vuelva a como era al principio.
- Cuando todos eran uno –dijo la mujer -. Este es el mundo en el que sabes que no hay pecado, que no hay maldad.
- Pero no quiero este mundo.
- Si no lo quieres, si deseas que haya barreras entre las personas, volverá a ser un mundo triste. Serás lastimado una y otra vez. No sólo tú. La tierra volverá a vivir, pero comenzará a marchitarse con el invierno, una y otra vez. Tú puedes hacer… que no haya invierno.
Todo se tornó azul. Se vio en el mar, mirando la superficie mecerse con el viento.
- Pero el mundo que me estás pidiendo… un mundo puro, en el que nadie es nada y todo a la vez… suena muy bien… pero aún así… un mundo en el que nadie existe… es como si jamás hubiera existido. Un vaho en la ventisca. La nada… eso es muy triste.
- ¿Está bien si los demás se hieren entre sí?
- No se trata de mí… aunque viva en constante sufrimiento, aunque las personas se caigan mil veces, pueden levantarse mil una. Siempre tendrás oportunidades.
- ¿Es lo que has decidido? Sacrificarte aún sabiendo que la gente puede caer otra vez en el mismo error.
- No me importa… Mi alma está llena de esperanza… El mar aún se mueve, el viento aún sopla… nunca es tarde para volver a nacer…
- Mientras sientas que tu corazón sufre, nunca te rindas –me dijo el hombre.
- Todos tienen una segunda oportunidad –me dijo la mujer.
- ¿Quiénes son ustedes?
- Somos tu esperanza… de que la gente logre comprenderse una a otra algún día… la utopía.
- El amor, siempre habrá una esperanza para continuar, por pesado que sea el camino.
- No… pero es sólo lo que estoy imaginando, sólo un sueño… no es una realidad… nunca nada será así, en cualquier momento puedo despertar, y todo se habrá acabado. Frío otra vez.
- Eso no es verdad. Tú eres materia, algo real en un espacio real. Lo que sueñas o imaginas… lo que crees que es lo mejor, o lo que sabes que es mejor… son proyecciones en tu interior, ondas eléctricas en movimiento… es algo real.
- Pero ahora tienes la oportunidad única, de hacer que tu realidad sea la realidad de los demás, lo que tú quieras.
- Tú ahora puedes ser Dios…
Cerré los ojos.
- Sé lo que tengo que hacer.
El niño se elevó aún más en el espacio exterior. Sus alas se desvanecieron. Su cabello creció hasta hacerse tan grande que cubría la mitad del mundo.
“Hermanos míos… este era vuestro fin, pero ahora será vuestro comienzo”
Las cruces de luz se formaron en todo el planeta. Se elevaron en el cielo. El niño extendió sus brazos al infinito.
“La oscuridad es luz ahora… el miedo es esperanza… el odio es amor… esto es para ustedes”
El polvo plateado rodeó el planeta. Comenzó a juntarse y luego se reunió todo en los brazos del niño.
“El camino al infinito está cerca. Regresen a su génesis, portadores de destrucción”
La gloria de la expiación inundaba mis venas. De pronto mi cuello se partió, impulsando mi sangre lejos en el espacio. Comencé a contraerme. Dolía como nunca. Mi cuerpo empezó a desvanecerse, empequeñecerse. Cuando llegué a un punto inaguantable de dolor, abrí mis ojos.
- Esto lo hice por ustedes, mis hermanos. Por favor, no me odien.
Miré hacia el sol, y me vi a mi mismo antes de desaparecer en mi propio vacío.
Oscuridad. Desperté espantado, aterrorizado, sobre la banca de madera, bajo el pequeño faro rodeado de luciérnagas. Miré hacia el cielo. Los árboles me dejaban ver la luna manchada de rojo. Instintivamente me tomé el cuello.
- Creo que lo entendiste –me dijo el niño. Me puse rápidamente de pie.
- Cuenta lo que viste a los demás. Yo iré a otra parte a regalar el recuerdo a otras personas del mundo. Así mi memoria no será un fantasma, como yo.
El niño extendió sus manos al cielo. Las alas anaranjadas aparecieron. Una vez más, lo vi brillar en la oscuridad. Sonreía. Sus ojos eran el cielo y su largo cabello era el abrigo del mundo. Era el guardián de la Tierra. Una onda de choque se extendió por todo el mundo, destruyendo personas impuras o cualquier tipo de objeto dañino para el mundo. La misma onda que antes me había aterrorizado pasó sobre y a través de mí. Pero esta vez sentí un calor especial. El niño me miró con ojos bondadosos. Habló sin abrir la boca. El viento fue su voz.
“Aunque la humanidad nunca acepte o comprenda el verdadero significado del sacrificio, estoy dispuesto a seguir purificando el mundo, así tenga que hacerlo durante toda la eternidad. Pero no se preocupen. Estaré siempre cuidando de ustedes. Yo estaré en vuestros corazones mientras deseen vivir. Si tienes las ganas de vivir, cualquier lugar podrá ser el paraíso”
Una lanza roja, gigantesca, de un kilómetro de largo, apareció en su mano. Voló hacia el infinito. Lo pude ver de pie sobre la luna, mirándonos, cuidándonos.
“Mientras me veas aquí nunca tengas miedo. Cuenta este hermoso cuento a tus hijos, nietos y bisnietos. Volveré algún día, para que ellos me conozcan. Para que sepan quién soy realmente. No soy un destructor. Yo soy vuestro amigo, vuestro ángel guardián. Yo soy el Niño que Flotó”
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